“No cambiaría mi trabajo por nada del mundo”. Ángel Santiago, treinta y tantos años, lo dice en serio, convencido, aunque resulte difícil creerle viéndolo correr perseguido por una ola de un par de metros y encajarse de un salto en la grieta de una roca. Ángel es percebeiro, y desde mediados de los noventa se juega la vida dos o tres horas al día en la costa de Ferrol, arrancando de los acantilados el más buscado de todos los mariscos gallegos, el percebe, ese crustáceo de aspecto extraño y sabor indescriptible que crece aferrado a las piedras más expuestas al mar de Galicia. Durante unos segundos, Ángel se pierde bajo una manta de espuma blanca. Después reaparece agarrado a su “raspeta” y empapado de pies a cabeza.
“Si el mar es bueno, salimos en una embarcación, pero cuando está como hoy, vamos por tierra”. Javier Castro lleva algo más de tiempo en el percebe que Ángel. Comenzó siendo casi un crío y ya no ha podido dejarlo. El tiempo le ha dado la experiencia y la calma suficiente para afrontar un oficio como este sin demasiadas prisas. Ni demasiadas prisas para salir al mar, ni demasiadas prisas para subastar su captura diaria en la lonja, ni demasiadas prisas para analizar la situación de un sector, el marisquero, que en Galicia ha estado desde siempre agitado por políticos, furtivos, importaciones irregulares, vedas y catástrofes como la del Prestige.
Desde hace unos cuantos años, Ángel y Javier van juntos al percebe. Como los demás percebeiros, dependen del estado el mar. Si les deja, recorren la costa en una planeadora de poliéster en busca de una buena roca en la que trabajar. Si el mar es malo, no queda otra que acceder a los acantilados por tierra. Hoy no es un día para salir en un bote fuera borda y arrimarse a la costa para saltar a las piedras elegidas. Las predicciones de internet han clavado los pronósticos, viento suave del noroeste y dos metros largos de mar de fondo, “moito mar”, dice Javier, mucho mar. No queda otra que buscar un lugar al que se pueda llegar a pie, donde el percebe merezca la pena y en el que sea posible faenar aun en estas condiciones. Y ese lugar hoy es O Pieiro, en Cabo Prioriño, una punta situada a la entrada de la Ría de Ferrol que la Armada utilizó para levantar instalaciones defensivas. Casamatas y túneles ya abandonados y que ahora sirven de improvisado refugio a parejas, botellódromo, y vestuario para que los percebeiros cambien su ropa de calle por el uniforme de trabajo; un traje de neopreno, unas “converse” y un arnés. Eso es todo, todas las armas disponibles para enfrentarse al océano.
Desde lo alto del acantilado, Javier repite lo mismo de antes, "moito mar, va a estar a cosa moi xusta, hai moito mar". Y es que todo el mar del mundo parece romper contra las rocas de O Pieiro, un mar desordenado y masivo que llevaría a cualquiera en su sano juicio a pensárselo dos veces antes de acercarse a él ni tan siquiera un poco. A cualquiera que no fuera percebeiro. Porque el tiempo será peor mañana, imposible para faenar, así que hay que aprovechar el día de hoy. Si no trabajan no cobran, y el mal tiempo en Galicia, sobre todo aquí, en el norte, puede durar semanas La marea baja es dentro de una hora y ese el momento de trabajo de los percebeiros, el momento de "hacer la marea". Allí abajo, después de recorrer buena parte de un acantilado de setenta metros de altura por una cornisa de apenas treinta centímetros de ancho, descolgarse por una cuerda, y saltar de roca en roca para evitar ser arrastrados por una ola, esperan algunos de los mejores percebes de Galicia.
En este mundo muchas cosas no son lo que parecen. La fama de la Costa da Morte ha eclipsado en buena parte a otras áreas del litoral gallego. Los percebes de Finisterre, Malpica o especialmente los de O Roncudo, en Corme, “percebes como carallos de home”, han aparecido siempre como las mejores referencias del marisco de Galicia. Pero lo cierto es que desde la frontera con Portugal hasta el límite con Asturias, cientos de percebeiros faenan cada día en las zonas asignadas a sus cofradías arrancando de las rocas unos cuantos kilos de este “bicho” de piel parda y arrugada, una profesión que, contrariamente a lo que podría parecer, en las Rías Baixas y en la Costa da Morte, es desempeñada en muchos casos por mujeres, pero que en la costa norte, en los acantilados que miden su altura en cientos de metros en Ferrol o en Cedeira, es patrimonio casi exclusivo de los hombres.
El trabajo parece peligroso, y lo es, mucho, muy peligroso, tanto, que un simple error de cálculo puede pagarse con la peor de las consecuencias, pero la mayor parte de las muertes que cada año se cobran las mareas y que le dan a este oficio un aura casi kamikaze, hay que contarlas, no entre las filas de los percebeiros profesionales, sino en las de los furtivos. Personas atraídas por la posibilidad de conseguir un dinero aparentemente fácil en unas pocas horas, que se arriesgan demasiado en zonas que no conocen y sin la experiencia suficiente para no tener problemas, y que terminan pagándolo a menudo con su vida. "Es difícil que un percebeiro profesional muera, es cuestión de medir el riesgo, vives de esto y no te arriesgas sin sentido, siempre puedes volver mañana. El mejor percebeiro es el que sabe cuando debe irse a casa."
Más apariencias. El percebe es caro, muy caro la mayoría de las veces, así que los percebeiros deberían ganar mucho dinero a cambio de arriesgar su vida a diario. Basta con acercarse a un restaurante o a un mercado en Navidades y ver los precios astronómicos que se alcanzan cuando la demanda se dispara y la oferta escasea por el mal tiempo que pone difícil la faena en el mar. O en verano, cuando los turistas se lanzan a los bares de Galicia buscando llevarse el recuerdo de una mariscada típica. Pero los percebeiros se quejan de que ese dinero no es el que ellos cobran ni mucho menos después de subastar a la baja sus capturas en la lonja y enfrentados además a la competencia foránea que cuelga la etiqueta de percebe gallego al llegado de otras procedencias, muy distinto en sabor y aspecto.
Ángel y Javier se desenvuelven en lo más profundo de O Pieiro con la naturalidad del movimiento repetido cientos de veces antes. Mientras Ángel trabaja en el fondo de una rampa de roca, con un ojo en las piñas de percebes y otro en el mar, Javier aguanta la cuerda que mantiene atado a su compañero y grita, “moito, moito, ven moito, neno, moito,” cada vez que una ola demasiado grande carga contra los acantilados. Viéndolos a ellos, la cosa parece fácil. Correr sobre las rocas buscando buenos percebes, mantener siempre la vista en el océano, moverse rápidamente, no arriesgar demasiado y huir cuando hay que huir. De nuevo las apariencias, y de nuevo las apariencias engañan. Parece fácil pero no lo es. Para enfrentarse a un mar en estas condiciones, antes hay que haber medido fuerzas contra él en muchas ocasiones y haber salido indemne para poder hacerlo una vez más. Saber calcular las medidas exactas de una ola de un solo vistazo, su fuerza, su potencia, hasta donde va a llegar, conocer las grietas y la textura de cada piedra y poseer una mezcla equilibrada de fuerza, valor y experiencia, y algo más. “Es un sexto sentido”, dice Ángel, “un sentido que te avisa cuando la cosa se pone complicada”.
Para Javier, y para cualquier percebeiro, las caídas son lo peor. Golpearse, romperse una pierna, abrirse una brecha en la cabeza y no poder moverse puede resultar fatal. “Hoy, salir de O Pieiro en esas condiciones resultaría imposible, sería necesario un helicóptero y un equipo de rescate, y si uno esta solo....” Y como O Pieiro, hay decenas de lugares en esta costa, descensos de vértigo, acantilados que superan los quinientos metros, piedras aisladas a las que hay que llegar a nado. Un escenario impresionante para un trabajo que parece sacado de una novela de aventuras.
“Trabajar en la naturaleza es lo mejor, no tengo que ir a la oficina, ni depender de nadie más que del mar”. Con ocho kilos de percebes en el maletero del coche, el día no ha sido malo. “Aquí hay un poco de todo, de 20 euros, de 40, va a depender. Hoy no salido casi nadie al mar, así que el percebe que haya se pagará bien.” Hace media hora, Javier estaba colgado en una pared vertical, golpeando la roca con su raspeta y recogiendo percebes mientras se balanceaba en el aire. Le tocaba a Ángel vigilar el mar y silbar cada vez que una ola grande entraba en O Pieiro amenazando con llevarse por delante a Javier. El silbido retumba en las paredes de roca y Javier trepa cuerda arriba a toda velocidad buscando un punto seguro para aguantar la embestida del agua. “Hay que aprovechar las quedadas, los momentos en que hay un poco de calma, y trabajar rápido”. Y Javier trabaja a toda velocidad, apurando los instantes de calma arrancando percebes. Aun tiene tiempo de echarles un vistazo rápido antes de meterlos en su bolsa de malla.
Apenas a quinientos metros de donde faenan Javier y Ángel, se está construyendo el puerto exterior de Ferrol, todo un despliegue de grúas y maquinaria pesada para una obra enorme destinada al sector industrial y comercial de la zona. Y enfrente, a pocos kilómetros, A Coruña. Un trasatlántico de bandera británica repleto de turistas y un par de cargueros navegan hacia la Torre de Hércules. En medio de todo esto, de ciudades de servicios, de grandes desarrollos de infraestructuras, del comercio internacional en la Europa del siglo XXI, hay personas que se ganan la vida enfrentándose al océano atlántico sin más armas que un traje de neopreno y unas simples zapatillas de deporte para no resbalar mientras saltan entre las rocas y la espuma del mar. Y que lejos de querer dejar su trabajo para buscarse otro menos arriesgado, no lo cambiarían por nada, ni tampoco la vida que llevan, aunque cada día se la jueguen para poder seguir viviéndola.