En 1978, transfigurado en Superman, Clark Kent voló a más velocidad que la luz alrededor del planeta para salvar de la muerte a Lois Lane; y es que la fuerza del amor verdadero todo lo que puede. Pero los mortales no podemos cambiar el pasado, ¿o si? El Viajero de H.G. Wells en su máquina del tiempo trató inútilmente de hacerlo, hasta que comprendió que debía mirar hacia delante aunque sin olvidar nunca lo que había visto.
Hace algo más diez años, el ideólogo neoliberal del Nuevo Orden, Francis Fukujama, anunció el final de la Historia. Desde entonces hasta hoy, y contrariamente a la idea del insigne politólogo norteamericano, nuestras vidas se han visto agitadas por cientos de acontecimientos que hacen difícil pensar que el curso de la historia humana se haya detenido para siempre.
No ha sucedido así, resulta evidente, pero sin embargo, la parte de esa historia correspondiente a nuestro pasado, al más próximo y reciente, nos resulta cada vez más lejano y extraño, como si hubiera transcurrido un siglo en lugar de solo unos cuantos años.
Al igual que Winston Smith buscaba desesperadamente algo que le demostrara que había existido otra realidad diferente a la de la telepantalla, buena parte de la humanidad busca ahora pruebas de que “todo aquello” sucedió, que más allá de las interpretaciones que de una u otra forma han visto aparecer en torno a los hechos que ellos mismos vivieron, y que apenas pueden recordar con claridad, esos hechos, y otros anteriores, tuvieron lugar realmente. Miran hacia si mismos, hacia lo mas primario y todavía intacto, hacia el color de su piel, su iglesia y su lengua, tratando de encontrar algún rastro de “su pasado” en un presente que conduce hacia un porvenir cada vez menos claro. Amamos lo que amamos porque así quisimos hacerlo, la responsabilidad fue nuestra.
LA GUERRA ES LA PAZ, LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD, LA IGNORANCIA ES LA FUERZA*
* 1984. George Orwell
¿Éramos nosotros los que agitábamos esas banderas, existieron realmente alguna vez? La vida se ha acelerado disparada hacia delante con la velocidad de una bala de cañón; los hechos se suceden, se acumulan y amontonan de una manera no vista hasta ahora, y todo aquellos que algún día detestamos o quisimos, o los sucesos en los que participamos, o a los que asistimos como simples espectadores, pertenecen en seguida, ya, a una época que nos resulta difícilmente reconocible