blue hawaii

Cuando era niño viví durante unos años en un pueblo de las Rías Baixas, un lugar como muchos otros de la costa gallega. Cuarenta o cincuenta casas al borde de la playa, un pequeño muelle, y unas cuantas barcas amarradas cerca de la orilla. La vida era tan tranquila como solía serlo entonces, cuando el futuro parecía tan lejano como la isla más remota. A mediados de los setenta llegó el primer teléfono, todo un acontecimiento, lo instalaron en el bar del pueblo en donde siempre sonaba Made in Japan de Deep Purple, el mismo bar en el que por primera vez vi una televisión en color y una maquina de marcianos, el increíble Moon Cresta. Franco se había muerto por fin, estrenábamos democracia y en las escasas emisoras de radio los alaridos de unos tipos llamados los Ramones acababan con los dinosaurios del rock sinfónico.

Fue por aquel entonces cuando en mitad de un otoño duro y lluvioso aparecieron en el pueblo los primeros extranjeros, dos alemanes de Bremen que se quedaron en el pueblo varios años. En la baca de su coche, un audi familiar gris, cargaban tres maletas, un baúl metálico y un bulto alargado y grande, envuelto en un plástico azul, que resultó ser ... una tabla de surf, un artefacto que hasta aquel momento solo habíamos visto algún sábado por la tarde cuando en la tele el rey Elvis brillaba en Blue Hawaii.

Durante el invierno, aquellos alemanes venidos de lejos trabajan en algo que no consigo recordar, y pasaban los veranos sentados a la puerta de la casa que habían alquilado bebiendo cervezas por cajas, con los pies enterrados en la arena, mientras los críos del pueblo jugábamos con su longboard de una sola quilla, blanco y grande, llenándolo de agujeros y golpes.

El pueblo estaba en el interior de la ría, así que durante semanas el mar era una piscina azul y limpia que solo agitaba el viento del norte. Y así permanecía inalterable hasta que llegaban los últimos días de agosto. Entonces, sin previo aviso, el mar cambiaba. Cambiaba su color, su aspecto, su olor. Las rocas de los acantilados se llenaban poco a poco de espuma blanca y la primeras líneas de mar de fondo que llegaban desde lo más profundo del Océano Atlántico chocaban contra el muelle tensando los amarres de las barcas.

El mar cambiaba y tras él llegaba el otoño, y las olas, orilleras y gruesas como muros de hormigón, subían cada vez mas playa arriba hasta que en los temporales más duros cruzaban la pequeña carretera y entraban en las casas próximas a la arena llevándose con ellas todo lo que encontraban a su paso, muebles, televisores, un seat 127, una tabla de surf....

Aquella tabla tuvo una vida larga, una vida larga y extraña. Sufrió lo indecible, aguantó durante varios veranos su condena infantil y flotó hasta el último día antes de desaparecer para siempre junto con un montón de cachivaches arrastrada, del garaje en el que descansaba, por las olas que nunca antes había conocido. Nada es ya igual que entonces. Hoy en el pueblo hay edificios de varios pisos, adosados, no quedan mas que tres barcas, apenas nada que pescar y el muelle es más grande y alto, así que las olas del invierno ya no entran en la casa de nadie.

No sé que habrá sido de los dos alemanes, probablemente vivan con más compatriotas suyos en Marbella o en Lloret de Mar, y tampoco sé donde estará la tabla. Tal vez fuera a parar a alguna playa donde alguien le diera mejor vida que la que había tenido, o probablemente terminara sus días en el fondo de la ría, encharcada y partida por la mitad. Nada es igual que entonces.

Ni mejor ni peor, simplemente distinto. Solo el mar sigue cambiando en agosto, su forma, su aroma, su movimiento. Como siempre, el Océano se pone en marcha en esos días de manera invariable, las líneas empiezan a marcarse frente a la costa y anuncian que llega el otoño y también, Pantín.

 


 
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