Anterior al Hombre.

Anterior al Hombre


‘[Michelangelo] achieved just the kind of feeling I am after -he makes the viewers feel that they are trapped in a room where all the doors and windows are bricked up, so all they can do is butt their heads forever against the wall. ’ Mark Rotcko



Notas de Coca Rivas y Alberto Barreiro, 5 de Junio.


Se nos ocurrió seguirle la pista al mismísimo Príncipe de las Tinieblas.


Londres dibuja desde el Cielo una maraña inmensa de historias que se superponen unas a otras, una densa red de ficciones y realidades indistinguibles.

Gracias a los diarios de Jonathan Harker y otros testimonios recogidos por Bram Stroker, sabemos que en la última década del siglo XIX, un Conde rumano llamado Drácula se trasladó a Londres atraído por la luz artificial de la civilización, con un ansia similar a la de la gravedad cuando empuja una caída.
Encargó a Jonathan Harker la compra de tres propiedades en distintos lugares de la ciudad.
Y para poder reproducir ritualmente el inmenso poder de su universo íntimo, almacenó en cada una de las casas un buen número de ataúdes que contenían tierra de Transilvania.


Poco más de un siglo después decidimos visitar esos lugares con curiosidad de un turista y con la esperanza de encontrar algún resto de esa oscura aura romántica.


El primer destino, al final de Picadilly Street, junto al Hard Rock Café, una vieja mansión que parece abandonada proyecta una siniestra sombra, las grandes cortinas estás echadas pero una ligera huella de luz nos indica que aún está habitada.

Después cruzamos el río hacia Bermondsey, bajo la mirada amenazante de un edificio municipal de viviendas encontramos Old Jamaica Street, la calle gira junto a unas ruinas invadidas por una vegetación que hiere la piedra y oculta las jeringuillas de los yonquis locales. Un poco más allá alguien descansa entre unas lápidas de un antiguo cementerio.

Volvemos hacia el norte buscando el número 129 de Chipsand Street, una pequeña calle paralela a Whitechapel, donde Jack the Ripper destrozaba prostitutas. El barrio entero fue destruido por los raids alemanes durante la Guerra y reconstruido según los dudosos criterios urbanísticos de los años 60, los letreros bilingües hacen la vida más fácil a los viejos inmigrantes de Bangladesh; y en una ventana, en una de las pocas edificaciones aparentemente victorianas, una flor marchita se hunde en un vaso de agua, indicando que posiblemente alguien también se marchita unos metros más adentro.


Es de lo más sencillo encontrar referencias al imaginario victoriano en la capital del Imperio regido por la Reina Victoria, de modo que nuestros hallazgos fueron bastante insatisfactorios. Supusimos que la elección de estos tres enclaves debía ocultar algún sentido.

Sobre el mapa, los tres puntos definen un afilado triángulo cuyo perímetro marca los difusos límites de los dominios del Conde. La intersección de las líneas trazadas desde cada vértice hasta el punto medio del lado opuesto nos proporciona la localización del centro geométrico de dicho triángulo, es muy posible que ese lugar escondiera el secreto de la misteriosa inversión inmobiliaria del noble rumano.

londonmap

 

Las líneas se cruzaron al sur del Támesis, muy cerca de la orilla, justo enfrente de la City y de la basílica de San Pablo, en el espacio ocupado por una antigua y majestuosa central térmica que es ahora utilizada como templo para una de las grandes religiones del siglo XX, el Arte Contemporáneo.

Drácula reinaba desde la Sala de Turbinas de la Tate Modern.

 

 

Diario de Alberto Barreiro, 19 de Junio

Me tomé el día libre en la oficina para poder acudir sin prisas a la cita con el más famoso de los vampiros. Había visitado la nueva Tate un buen número de veces y no lograba recordar el haber sentido nunca alguna sensación, algún cosquilleo o algún frío en la espalda que me permitiera suponer que aquel concurrido lugar cobija algún tipo de presencia oculta.

Salí de casa sin mucho convencimiento pero con la curiosidad y el ánimo de encontrar algún pequeño detalle que confirme que Drácula, o lo que queda de él, se oculta en algún rincón del edificio.

Según caminaba apuntaba apresuradamente en un periódico las ideas que comenzaban a surgir a medida que mi entusiasmo aumentaba y me acercaba a mi destino. Había alcanzado el lado norte del Milenium Bridge, dejando Saint Paul’s a mis espaldas, mientras mi cabeza se recreaba en el término “no-muerto”, adjetivo que define el estado existencial del vampiro.

Al otro lado del río volví a descubrí el inmenso edificio de ladrillo rojo, que superando totalmente mis expectativas, se había transformado ahora en un ataúd capaz de alojarnos a todos los que nos dirigíamos hacia él. Capaz de incinerarnos y dispararnos en forma de humo por la enorme torre central y así producir la energía eléctrica que mantiene la ilusión del mundo y que permite mantener esta procesión de cuerpos seducidos que cruzan el río y de la que yo ahora era parte.
La alta chimenea me recordó enseguida el hecho de que algunos cadáveres pueden tener una erección, constituyendo un estado físico bastante contradictorio.
Me pareció entonces que Drácula no estaba allí dentro, sino que “era” todo aquello, era el espacio interior del mayor ataúd jamás construido y mantenía su miembro firme como constancia de una irremediable animalidad, de un principio de vida muy anterior al hombre e irreconciliable con la civilización. O quizás, se me ocurre, la gran chimenea no es sino una estaca como las que el Doctor Van Helsing clava en el pecho de los vampiros, fijando eternamente su almas al suelo.


Ahora estaba claro que nuestras suposiciones no estaban del todo desencaminadas. Según me acercaba a la entrada principal, mi voluntad iba cediendo y era ya del todo consciente de que me internaba en las entrañas de la bestia, que había hecho de su ataúd su cuerpo y de la obra del hombre, sus vísceras, que son su alma.


En un primer momento, la gran Sala de Turbinas imponía, como siempre, su sensación de espacio y no parecía por el momento que la sobrecogedora presencia exterior se manifestará en el interior. Fue tras encontrar frente a mí una escultura de Gormley, en la que un maniquí vacío, de plomo, abría sus brazos en cruz para mostrar unos cortes en las manos y en el pecho, cuando comencé a percibir en su no-mirada la presencia brutal de un no-muerto.


Con esta sensación me dejé deslizar hacia arriba por las escaleras mecánicas hasta desembocar de manera casi involuntaria en una sala en la que el bullicio de los numerosos visitantes se amortiguó repentinamente; una habitación de planta cuadrada, en el centro mismo del edificio, donde la luz es mucho más tenue que en las demás salas, con las paredes pintadas de gris y colgados en ellas la serie “Red on Maroon” and “Black on Maroon”.

 

Obras realizadas en 1958 por otro emigrante del Este de Europa que huyó a Nueva York con el mismo ansia y que por propia voluntad murió, movido quizás por la urgencia de saber si su obra es la experiencia de un muerto. Aplicable a la claustrofobia que producía ésta sala, Mark Rotcko escribía lo siguiente respecto a la Biblioteca Laurentana de Miguel Angel:

´(Miguel Angel) … consiguió exactamente el tipo de sensación que yo busco, hace que los espectadores se sientan atrapados en una habitación en la que todas las puertas y las ventanas están tapiadas, de modo que todo lo que pueden hacer es golpear sus cabezas para siempre contra la pared.´

Esa es, y no otra, la angustia de un vampiro, del no-muerto condenado a desvivirse eternamente golpeando su cabeza contra las paredes de su ataúd.
En la película de Tony Scott “El Ansia” 1984, el vampiro aquejado de un envejecimiento acelerado, es condenado finalmente al peor de los infiernos, a la conciencia eterna de uno mismo, en total oscuridad, soledad y silencio. Los cuadros de Rotcko son la postimagen del mundo, la huella que permanece en la retina del vampiro y que se va desvaneciendo con la esperanza. Los cuadros de Rotcko, como los vampiros, no se pueden fotografiar, son la luz en los ojos de un muerto.

Huí de la sala que escondía la conciencia de Rey de los Vampiros, buscando la luz de uno de los ventanales que dan al río, enfrente la cúpula de Saint Paul´s parecía haber sido construida para mitigar la energía que ahora emanaba de la torre.

Al girarme me encontré en una sala llamada “Mundos Imaginarios”, ante una selección de pintura surrealista en la que el aspecto lúdico había dejado paso a una demostración de una brutalidad azarosa e indiscriminada y esos mundos pintados por Ernst, Dalí o Chirico aparecen como las representaciones más terriblemente realistas de un siglo cruel, tan cruel como los sueños de un vampiro.


Por si los indicios aun no fueran suficientes, intento escapar de estas visiones través de las salas de Joseph Beuys; me quedo atrapado en uno de sus juegos alquímicos, en una esquina, una instalación titulada “Horns” muestra dos grandes cuernos de rinoceronte, como dos grandes colmillos.
De cada uno de los cuernos sale un tubo transparente que permite apreciar su interior sangriento, esta arteria remata en una larga varilla que tiene como función descargar en tierra toda la energía que genera el proceso de circulación de la sangre. Junto a los colmillos cincuenta sarcófagos de basalto, esperan pacientemente el momento de la resurrección, tal como el propio Beuys indica, “estos materiales sugieren la posibilidad de una nueva vida al final de este oscuro siglo”. Un proceso alquimico como el de una lenta digestión, de piedras que se disuelven en sangre y permiten una vida prohibida.

No lejos de allí me encontré de frente con una cruz de sangre, una mancha de rojo oscuro e intenso coagulada sobre un lienzo, de la cual su autor Arnulf Rainer, un miembro del movimiento situacionista austríaco, hacía esta referencia: “Me he dado cuenta de que la cualidad y la Verdad de la pintura crece según se va volviendo más y más oscura”. Como intentando expiar las culpas de su pasado histórico, los artistas del situacionismo dan la vuelta a los principios que sustentan la civilización, y se acaban recreando en lo abyecto, el dolor y la muerte mediante orgías rituales.

El paso por las salas dedicadas al cuerpo se hizo insoportable, nunca había apreciado esa palidez en los retratos, nunca esa intensidad en las miradas, nunca el tiempo en la carne y su blandura, nunca la llamada de auxilio de los no-muertos.

Oí sus voces en una lejana letanía, al acercarme note que las voces provenían de una instalación de video creada por Bruce Nauman, en dos monitores dos actores con una expresión cada vez más crispada repetían a destiempo una larga lista de frases, la primera que escuché fue la siguiente:

I don't want to die
You don't want to die
We don't want to die
... this is Fear of Dead.

Inmediatamente el otro monitor parecía replicar con el tono de una rabia contenida que se escapaba entre dientes:

I am alive
You are alive
We are alive
... this is Living.

Esa es su condena, las obras de arte comparten con los no-muertos su condición existencial, se saben vivas, y así a veces las percibimos, pero son materia muerta, la paradoja de una vida mineral, lo aberrante de un cadáver con erección.

Salí de aquel cementerio como quién despierta de un trance hipnótico, no volví la vista atrás por miedo a que desapareciera aquella sensación que me acompaño en mi búsqueda.

Al cruzar el puente sobre el Támesis en dirección a casa, pude ver las tres torres negras de Barbican, recordé que desde el balcón de un alto apartamento de una de esas torres, Susan Sarandon, en su papel de vampira plena y victoriosa, despide la película “El Ansia” mirando con satisfacción hacia el lugar donde se ahora se encuentra la Tate Modern, o lo que es lo mismo, el lugar donde descansa el Conde Drácula.

 

 

Alberto Barreiro © 2002


 

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